martes, 12 de julio de 2016

La Historia de Gislenne: i'Mi mamá me dijo: recupérate, vive y yo te apoyo'

'Mi mamá me dijo: recupérate, vive y yo te apoyo'
En el encuentro de Periodismo, que se celebró en Medellín, se contaron historias íntimas.

El último día de hombre de Gislenne Zamayoa coincidió con el de su boda, hace 10 años. Después de eso ha disfrutado de ser una dama de vestido y tacón, pelo largo, maquillaje, conducta delicada y voz femenina. “Mi luna de miel fue un viaje de niñas”, dice la mujer colombo - mexicana de 43 años.

Para Gislenne, que estuvo en Medellín en el Encuentro de Periodismo: Historias no contadas, tomar la decisión de aceptar su verdadera identidad no fue fácil. Pasó por la autoexclusión, la depresión y, por último, una enfermedad crónica que por poco la lleva a la muerte.

“Estaba en la planta de Coca-Cola en México, donde trabajaba, y de repente sentí que algo explotaba en mí y convulsioné. Me abrieron el estómago y resultó que el colon se me había estallado. Eso le sucede a un cuerpo que vive en represión, que no se acepta tal cual es”, narra la arquitecta, especialista en diseño y urbanismo sostenible.

Al despertar de la cirugía, le dijo a su madre –que había viajado desde Colombia– que estaba mal, confundido, que ni el dinero, ni los premios, ni las mujeres que lo rodeaban lo hacían feliz.

La mujer, que realizó su transición hace 10 años, cuenta que ese sentimiento de insatisfacción comenzó desde que tuvo uso de razón. Rememora que a los 5 años, con regocijo y placer, se puso por primera vez la ropa de su madre y de su hermana. Ya después, en la pubertad, comenzó a dormir en camisón de mujer.

“No era un fetichismo, sino que me identificaba con esas prendas, sentía que me pertenecían. Y así fue que empecé a formar mi propio armario de colchón. A los 13 años terminé por juntar todo y esconderlo en un espacio aislado de la casa de mis papás, en el cuarto de los chécheres”, expresa Gislenne.

Él, Gerardo Zamayoa, se sentía mujer y estaba dispuesto a realizar una transición de su forma de ser, de vivir y sentir, lo que no implicaba el cambio de sexo, ni el gusto por el género femenino. “Mi mamá me dijo: recupérate, sé feliz y yo te apoyo. Desde que me acepté, me liberé”, dice.

Dos años después conoció a Nana, como llama a su esposa. A ella le confesó, en su primer encuentro, que tenía un secreto y que la forma en que reaccionara a este era fundamental para tomar la decisión de quedarse en México, donde aún vive, o volver a Colombia con su familia.

“La invité a cenar en mi casa. Yo estaba vestida de falda y tenía tacones, pero no me decía nada, así que le abrí una botella de vino. Fue muy lindo porque ella siguió en su cuento, me contaba del tráfico y de cómo había sido su semana. Pero por fin me preguntó: Ahora sí dime cuál es tu secreto”, recuerda.

Para Nana no fue difícil aceptar la distrofia de género que tenía la persona que apenas estaba conociendo. Al instante le respondió: “si decides quedarte, me tratas como una reina, me das el lugar que me merezco, nos amamos y adoramos, tú puedes ser la ‘barbie’ que quieras”, relata.

Según Gislenne Zamayoa, la arquitecta, la emprendedora, la mujer y la activista por los derechos humanos, su buena suerte no la han corrido muchos de los integrantes de la población transexual en el país. Datos de Colombia Diversa indican que entre el 2006 y el 2014 fueron asesinadas 824 personas de esta población y se cometieron 398 actos de violencia policial.

En Medellín, durante años, han circulado panfletos amenazantes contra comunidades discriminadas y marginadas, entre ellas la población Lgtbi. Al parecer, señalan las autoridades, se trata de grupos que se autodenominan de ‘limpieza social’.

Marcela Sánchez, directora de Colombia Diversa, explica que todas las semanas ocurren hechos violentos contra personas que hacen parte de esta comunidad. Para ella, cuando la gente puede amenazar impunemente, también puede ejercer violencia física sin temor a las consecuencias.

Por eso, el primer objetivo de los colectivos es acabar con la brecha que hay entre el reconocimiento de derechos y la realidad social del país, cuyos ciudadanos aún no aceptan las diferencias de género.

“Falta fortalecimiento de las organizaciones sociales, además de trabajo cultural y educativo”, señala Sánchez, quien también estuvo en el Encuentro de Periodismo, que contó con la participación de más de 180 líderes Lgtbi.

Tanto ella como Gislenne sueñan con un país más incluyente, en el que la aceptación comience desde la familia, los colegios y las universidades.




PAOLA MORALES ESCOBAR
Redactora de EL TIEMPO
inemor@eltiempo.com
Twitter @paoletras





















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