La narrativa de mis miedos
-Una historia personal sobre enfrentar y soltar viejas historias-
“El amor es un acto de valentía, no de miedo” Paulo Freire
Por: Carlos Bueno*
¿Qué pasaría si en lugar de huir de aquello que te incomoda, te permitieras escucharlo?
Considero que enfrentar los miedos es uno de los grandes retos que escogemos al vivir nuestra experiencia como humanos. Tengo la firme convicción de que, cuando decidimos encarnar, escogemos una amplia gama de experiencias que nos invitan a crecer y evolucionar más allá del cuerpo físico. En ese camino vamos construyendo una narrativa, una historia sobre quiénes somos y la manera en que decidimos relacionarnos con la vida.
Y hoy quiero compartir -en este texto muy personal- cómo esa narrativa me retó desde muy niño. No lo hago desde la pretensión de tener respuestas ni de haber superado todos los bloqueos, sino desde el testimonio de mi propia experiencia. Al reconocerlos y tomar conciencia de ellos, he podido transformarlos y seguir evolucionando. Compartir estas historias es también una manera de invitarte a mirar tus propios temores, escucharlos y, tal vez, atreverte a encararlos.
Uno de mis grandes desafíos fue enfrentar, a mediados de los 90, a mi familia y a mi entorno dada mi orientación sexual. A los 25 años abrí mi corazón a un amigo que supo escucharme y comencé a soltar la angustia de decirle al mundo lo que estaba sintiendo. No fue fácil asumirlo frente a mi familia y a mi círculo cercano; sin embargo, miré de frente al miedo, siendo fiel a la experiencia que había escogido vivir y sintiéndome digno de ser quien soy.
También le he tenido miedo a la oscuridad. De niño, varias experiencias hacían que terminara en la cama de mis papás. Ya de adulto lo enfrenté pasando muchos días en una finca sin nadie alrededor y viviendo solo, tanto en la ciudad como en el campo. Con el tiempo descubrí que también podía sentirme seguro en medio de la oscuridad.
Las alturas tampoco eran fáciles para mí. Sentía un gran vacío en el estómago cuando viajaba en avión, especialmente junto a una ventana o cuando estaba en un balcón alto. Hace unos 20 años decidí atravesar esa sensación volando por primera vez en parapente en La Buitrera de Palmira. Me gustó tanto que he volado cinco veces más en diferentes lugares de Colombia. Hoy día, puedo viajar en avión con mayor tranquilidad. Eso sí, todavía me cuesta asomarme a un balcón desde un piso alto.
Hablar en público fue otro gran desafío. En el colegio y la universidad nunca levanté la mano para participar, aun teniendo ideas que aportar. Fue durante mi especialización cuando decidí salir de ese lugar de inseguridad y me propuse intervenir al menos tres veces por jornada aunque sintiera nervios. Poco a poco fui ganando confianza y descubrí que podía expresarme y compartir mis puntos de vista. En la actualidad, todavía siento nervios cuando tengo que hablar frente a un público o a un grupo de personas. La diferencia es que ya no dejo que ese bloqueo me detenga. Ese proceso me abrió la puerta a la actividad que hoy hace parte de mi vida: facilitar talleres de bienestar y clases de mindfulness.
Y el listado continúa con el miedo al agua. Cuando tenía unos cinco años, durante un paseo del jardín infantil, comencé a ahogarme en una piscina infantil. Un primo mayor debía cuidarme, pero se entretuvo jugando con otros niños. Todavía recuerdo a mi mamá entrando al agua con ropa para rescatarme. Aunque después tomé clases de natación, ese temor permaneció durante gran parte de mi vida.
Hoy procuro nadar al menos cuatro veces por semana. Mi brazada se siente cada vez más fluida y, aunque todavía no tengo mucha técnica, lo más importante para mí ha sido superar esa sensación que aparecía cuando quería llegar rápidamente a la orilla.
También tuve que enfrentar el miedo a montar bicicleta, manejar moto y conducir un auto. Compré una bicicleta hace unos 25 años y salí de la tienda montado en ella camino a la casa. Para aprender a manejar moto, practiqué en un lote hasta que finalmente saqué el pase y compré una. Con el auto fue diferente pues tenía licencia desde joven, pero sentía verdadero temor de enfrentar las calles. Unos ocho años después decidí conducir para desplazarme a otro municipio, pues había nacido mi sobrina. Aquel viaje fue mucho más que un desplazamiento: fue una manera de demostrarme que también podía hacerlo.
¿Qué tienen en común todos estos miedos? Para protegerme tuve que construir diferentes maneras de comportarme, relacionarme y enfrentar aquello que me hacía sentir vulnerable. Así fui construyendo personajes y con ellos, parte de esa narrativa que nos contamos sobre quiénes somos. Algunos de esos personajes me ayudaron a sentirme seguro; otros me llevaron a controlar, esconderme, evitar o prepararme demasiado. Hoy puedo reconocer que no eran mis enemigos. En algún momento fueron una forma de protegerme. Pero también puedo preguntarme: ¿Todavía necesito cargar con ellos?
No todos los miedos se enfrentan de la misma manera. Algunos requieren un proceso progresivo, un paso a paso. Otros implican ir hacia adentro, reconocer las emociones y atrevernos a mirar aquello que quizás llevamos mucho tiempo evitando. Y enfrentar un miedo no siempre significa dejar de sentirlo. A veces significa aprender a relacionarnos con él de una manera diferente.
Me convierto en observador, entro en la conciencia del momento que vivo y me pregunto: ¿Qué me enseñó cada una de esas experiencias? Eso sí, todavía hay situaciones que me siguen desafiando: compartir en ambientes sociales con personas que no conozco o sentir ansiedad ante la posibilidad del rechazo…... Sigo trabajando en ello y encuentro en el mindfulness y la meditación herramientas para ir hacia adentro, vivir plenamente cada experiencia y hacerlo con amor y sin juicios.
Y aquí entra algo importante: aprender a soltar aquello que ya no queremos que haga parte de nuestra narrativa. Aprender a andar más ligeros de equipaje. Suelto las culpas, las viejas historias, los personajes que alguna vez me protegieron y la necesidad de aprobación. Soltar no significa olvidar lo vivido ni pretender que nunca tuvimos miedo, significa reconocer que esas experiencias hicieron parte de nuestra historia, agradecer lo que nos enseñaron y decidir qué queremos seguir llevando con nosotros.
Quizás uno de los miedos más profundos que he tenido que enfrentar ha sido el temor de no ser aceptado por ser quien soy, por amar de una manera diferente a la que otros esperaban de mí. Desde mi propia experiencia, puedo decir que enfrentarlo no significó dejar de sentirlo, sino elegir cada vez más vivir desde el amor y no desde el temor. Reconocerme, aceptarme y permitirme ser quien soy ha sido una de las formas más profundas de andar ligero de equipaje. Y quizás de eso se trata también el orgullo: de reconocer nuestra historia, honrar lo que hemos vivido y atrevernos a soltar aquello que alguna vez tuvimos que cargar para sentirnos a salvo.
Tal vez se trata de salir de ese clóset oscuro donde durante tanto tiempo hemos colgado nuestros miedos, culpas y máscaras; abrir la puerta, permitir que entre la luz y sentirnos realmente libres. Más ligeros. Más auténticos.



















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