martes, 27 de enero de 2015

Homosexuales: ´El holocausto silenciado´

Por Ricardo Angoso

El 30 de enero de 1933, Adolfo Hitler fue nombrado canciller de Alemania tras haber ganado unas elecciones democráticas. En apenas unos meses, la maquinaría nazi creada por Hitler y sus acólitos cerraría el parlamento, ilegalizaría los partidos políticos y los sindicatos e iniciaría la persecución de judíos, homosexuales, disidentes políticos, gitanos y "elementos antisociales".




La policía política del nuevo régimen, la Gestapo, crearía todo un tejido de informadores, colaboradores y simples acusadores voluntarios que convertirían a toda Alemania y los territorios que más tarde ocuparía en una gran cárcel. Nada ni nadie debía escapar a su absoluto control sobre la vida y la muerte. Había comenzado una de las mayores pesadillas de la historia de la humanidad: el régimen nazi.

La homosexualidad, que antes de la llegada de Hitler al poder era tolerada por las autoridades, sería considerada por el nazismo como uno de los delitos más graves que un hombre podía cometer. Sorprendentemente, y en una muestra de la ignorancia que caracterizaba al nuevo gobierno alemán, el lebianismo sería más o menos tolerado al considerar que este estado era una "situación pasajera", aunque eso no evitó que numerosas lesbianas acabaran sus días en los campos de la muerte.

Las primeras medidas contra los homosexuales

Un mes después de la llegada de Hitler al poder, en febrero de 1933, todos los bares gays de Berlín son cerrados por órdenes de las nuevas autoridades nazis. El mítico club Eldorado, punto de reunión y encuentro de los gays berlineses, es cerrado a cal y canto y un retén de la policía lo vigilaría día y noche para evitar visitas y peregrinajes inoportunos. Lo mismo ocurriría con los bares gays de otras ciudades alemanas, que como Bremen, Hamburgo y Munich también poseían una rica vida nocturna.

En mayo de ese mismo año, un grupo de fanáticos nacionalsocialistas ataca y destruye en Berlín la conocida clínica del doctor Hirschfeld, un reputado médico para quien la homosexualidad no era sinónimo de enfermedad y que había defendido en sus libros y escritos la causa gay. Los nazis, como era de prever, quemarían todos sus libros en una gran fogata y, a partir de ese momento, serían considerados "antialemanes" y prohibidos. El médico, judío y homosexual para más inri, se hallaba, por suerte, de viaje en el extranjero; nunca más volvería a Alemania.

Un año más tarde de la llegada de Hitler al poder, en 1934, la Gestapo crea una división especializada en la persecución a los homosexuales. La primera medida impulsada por esta nueva sección policial fue elaboración de las denominadas "listas rosas" con la ayuda de los servicios secretos y la policía. Miles de gays serían fichados y los primeros detenidos por esta causa eran duramente torturados para que delataran a otros y así ir ampliando la lista de "degenerados" y "antialemanes".

En septiembre de 1935, y en plena campaña represiva de los nazis contra sus oponentes y los elementos "antisociales" y "degenerados", se promulgan las primeras leyes antihomosexuales, que comprenden duras penas y cargas a los que sean detenidos por esta causa. A partir de este momento, pero sobre todo desde 1936, comienzan las primeras persecuciones sistemáticas y organizadas contra los homosexuales. Por ejemplo, en ese año el régimen nazi comienza una campaña contra los sacerdotes católicos, que son acusados supuestamente de realizar prácticas homosexuales con el fin de desacreditar a la Iglesia católica, y en 1938 Himmler acusa a un oponente de Hitler, el militar Von Fritsch, de homosexual. Uno de los peores "delitos", en opinión de Himmler, que se podía cometer en la nueva Alemania.

Sin embargo, las mayores persecuciones y detenciones arbitrarias se producirían entre 1937 y 1939, donde miles de hombres serían detenidos, encarcelados, torturados, vejados e internados en prisiones o campos de concentración. El nazismo se ensañó especialmente con los homosexuales, que eran señalados con un triángulo rosa en los lugares donde cumplían sus condenas para que así fueran reconocidos por los otros presos y sufrieran la ira y las continuas agresiones de los otros reclusos, tal como han relatado muchos de los supervivientes de esta tragedia. El calvario comenzaba nada más ser detenido, al ser recluido en pequeñas celdas con presos comunes que ya les agredían e insultaban, tras ser azuzados por los agentes que les habían detenido. Para el nazismo, los gays eran junto los judíos la "escoria social" más baja.

Nazismo y homosexualidad

Paradójicamente, en el Partido Nacional Socialista (NSDAP) había numerosos homosexuales y algunos muy notorios, como el jefe de las Secciones de Asalto (SA) del movimiento nazi, Ernst Röhm. Amigo íntimo de Hitler y buen conocedor de todas las intrigas y miserias del régimen, Röhm se convirtió en un elemento molesto para el nazismo y en el depositario de demasiada información y, quizá, de algún secreto que el líder máximo de la causa no quería que nadie conociese. El profesor Lothar Machtan asegura que Hitler tuvo desde adolescente relaciones íntimas homosexuales y que incluso llegó a tener, en sus años de estancia en Viena, algún amante. En el buen documentado libro El secreto de Hitler, Machtan hace mención a este asunto y considera que Röhm, que era amigo de Hitler desde los años treinta, pudo llegar a conocer estos hechos e incluso haber tenido relaciones con alguno de los amantes del nuevo conductor de la Alemania de entonces.

Hilter inicialmente protegió a Röhm de otros elementos del partido que consideraban su homosexualidad como una violación de la fuerte política del partido contra los homosexuales. "Las SS no son una institución moral" y "la vida privada no importa mientras no traicione la base del nacionalsocialismo", había dicho Hitler en defensa de su antaño aliado y amigo. Sin embargo, un tiempo después Hitler creyó ver en Röhm una amenaza a su poder o, quizá, un hombre molesto porque conocía un pasado que pretendía ocultar a toda costa. Y así, de la noche a la mañana, la suerte de Röhm estaría echada.

El 28 de junio de 1934, en un episodio que es conocido como "la noche de los cuchillos largos", Hitler ordena el asesinato de Röhm y de todos sus partidarios. A una semana del hecho, Hitler invoca la homosexualidad de hasta entonces amigo para justificar su asesinato y el de todos sus seguidores. También anuncia que el partido nazi será “limpiado” para siempre de homosexuales, a los que acusa de antialemanes, y disuelve las Secciones de Asalto.

"Si admito que hay de uno a dos millones de homosexuales eso significa que un 7 u 8% de los hombres son homosexuales. Y si la situación no cambia, significa que nuestro pueblo será infectado por esta enfermedad contagiosa. A largo plazo, ningún pueblo podría resistir a tal pertubación de su vida y su equilibrio sexual...Un pueblo de raza noble que tiene muy pocos niños posee un billete para el más allá: no tendrá ninguna importancia dentro de cincuenta o cien años, y dentro de doscientos o quinientos años estará muerto. La homosexualidad hace encallar todo rendimiento, destruye todo sistema basado en el rendimiento. Y a esto se añade que un homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra flojo en todos los casos decisivos", aseguraba Hitler en un discurso sobre la homosexualidad en febrero de 1937. 

El Fuhrer, al parecer, les "conocía" bien.

Estas ideas, junto con otras de corte supuestamente "científico", son las que impulsaban la política oficial del régimen nazi con respecto a la cuestión homosexual. En el desarrollo de estas tesis tuvieron mucho que ver algunos científicos racistas que como K.Binding y A.Hoche desarrollaron las ideas que iban a conducir a justificar la destrucción de "vidas sin valor", "existencias superfluas", "espíritus muertos" y "envoltorios humanos vacíos". Esta concepción, llamada "eugenismo", se inspiró en la idea darwiniana de la lucha por la vida y condujo al exterminio de miles de seres humanos considerados "inferiores" por los nazis, entre los que destacaban en un lugar privilegiado los homosexuales.

Estas tesis racistas e inhumanas repetidas hasta la saciedad por los aparatos de propaganda e información del nazismo calaron en la sociedad alemana de la época, que más pronto que tarde se acostumbró al supuesto bienestar y prosperidad del nazismo sin hacer demasiados miramientos a las cuestiones humanitarias. Numerosos gays detenidos en Alemania y más tarde en Austria han relatado como después de ser detenidos y encarcelados por los nazis eran mal vistos por sus vecinos, familiares y amigos, que les aislaban y marginaban en todos los ámbitos. Un homosexual austriaco encarcelado en Auschwitz cuenta en sus memorias como su padre se suicidaría por no poder soportar la vergüenza por el cautiverio de su hijo y la insoportable presión social.

Además, a diferencia de los judíos, los homosexuales alemanes y también los de los territorios ocupados no gozarían de la simpatía y el apoyo del que gozaron otros colectivos durante el conflicto, y tras la guerra tampoco serían reconocidos sus sufrimientos y torturas. La misma Iglesia católica, muy condescendiente hacia el fenómeno nazi, tampoco condenó estas prácticas y la forma con el nuevo régimen nazi trataba a sus homosexuales. Al día de hoy, que se sepa, la Iglesia católica no ha pedido disculpas oficialmente a los homosexuales por su cómplice silencio.

Los campos de la muerte

Se calcula que entre 10.000 y 15.000 homosexuales serían enviados a los campos de la muerte, donde los hombres que eran obligados a llevar el triángulo rosa eran especialmente maltratados por los guardias. También fueron objeto de crueles experimentos médicos. Un doctor llamado Carl Vaernet realizó, en el campo de concentración de Buchenwald, numerosas operaciones cuyo propósito era el de volver heterosexuales a sus pacientes. Su experimento incluía la inserción de una cápsula que segregaba hormonas masculinas. Estos experimentos eran tolerados y ordenados por el mismo Himmler y su estado mayor, quienes consideraban una cuestión de honor convertir a estos "elementos antisociales" en alemanes de primera.

El trato a los prisioneros homosexuales en los campos era especialmente duro, tal como relata Heinz Heger en su libro Los hombres del triángulo rosa, al que cito literalmente: "No estaba permitido a los homosexuales que ocuparan ningún puesto de responsabilidad, al menos no en Sachsenhausen. Tampoco podíamos siquiera hablar con prisioneros de otros bloques que llevaran un triángulo de color rojo; según se nos dijeron, estos a se debía a que podríamos intentar ser seducidos. No obstante, las prácticas sexuales estaban más extendidas en los demás bloques, en los que no había hombres con el triángulo rosa, que en el nuestro".

Y es que dentro del campo de concentración, como señalaba el gran conocedor del tema Eugen Kogon, fue suficiente la mera sospecha para etiquetar a un prisionero como homosexual para exponerlo a la denigración, sospecha en general y peligros especiales. Las generalizadas relaciones homosexuales que al parecer había en los campos estaban, paradójicamente, vetadas a los portadores del triángulo rosa.

Uno de los supervivientes gays de los campos de concentración alemanes, Pierre Seel, relató como él fue arrestado luego de haber denunciado un robo en un club homosexual y cómo fue brutalmente sometido a malos tratos en los campos de Schimeck y de Struthof. En el primero, y sin apenas medios, fue obligado a trabajar en la construcción de un horno crematorio. En el segundo, víctima de todo tipo de abusos y privaciones, fue violado y su cuerpo fue utilizado como blanco humano mientras los nazis le arrojaban jeringuillas en lugar de dardos. "Tengo vergüenza por la humanidad", dice Seel en un libro que escribió recientemente. No es de extrañar.

El mismo Seel contaba la brutalidad de la policía cuando llegó a la comisaría de su primer arresto. Los homosexuales eran golpeados, humillados, torturados e incluso a los que se resistían los hombres de las SS les arrancaban las uñas. Otros fueron violados sádicamente con renglones rotos que les perforaron los intestinos, lo que les provocó numerosas hemorragias y a algunos incluso la muerte. Este superviviente de este tormento relata como los nazis utilizaban perros que azuzaban para torturar a los gays previamente desnudados; así, al parecer, fueron asesinados cruelmente decenas de ellos.
Experiencias como las relatadas por este superviviente pueden explicar el alto índice de mortandad que se dio entre los gays en comparación con otros grupos de "antisociales". Un estudio de Ruediger Lautmann afirma que el 60% de los homosexuales en campos de concentración murió, comparado con el 41% de los prisioneros políticos y el 35% de los Testigos de Jehová. El estudio también muestra que las tasas de supervivencia eran ligeramente más altas para internos de clase media-alta y para bisexuales casados y con hijos.

Pero el régimen nazi no sólo pretendía acabar con todos los gays de Alemania y de los territorios que iba ocupando, sino que pretendía dentro de esta "sagrada misión" que su final fuera brutal, sádico, interminable y sanguinario. "Las órdenes del régimen nazi de llevar en los territorios del Tercer Reich una drástica purga de homosexuales, esos `elementos degenerados´ del pueblo alemán que debían ser exterminados, las cumplían los esbirros de las SS con sádica eficiencia y celo. Pero no se trataba de exterminarnos de forma inmediata, sino de torturarnos hasta la muerte con crueldad y brutalidad, con raciones de hambre y extremos trabajos forzados", aseguraba el ya citado Heger.

Esta difícil situación para los miles de gays de Alemania y los territorios ocupados llevaría a miles de dramas humanos. Aparte de la cárcel y los campos, miles de personas huirían de su país para siempre, muchos se suicidaron y otros miles fueron obligados a llevar una doble vida, incluso casándose, en el "paraíso" nazi. La sociedad alemana de entonces, cargada de complacencia, prefería mirar para otro lado antes de condenar la barbarie de un sistema brutal y terrible. Resulta increíble que hasta una fecha tan tardía como 1944 los militares alemanes no preparasen una conjura para eliminar de la escena a Hilter. Justo un año antes de la miserable y nada heroica caída del régimen nazi.

Mientras que los alemanes preferían mirar para otro lado, en los campos de concentración centenares de miles de personas de todas las etnias y condiciones se hacinaban en una pésimas condiciones a la espera de su triste final. Muchos, como los gays, morirían construyendo las autopistas por las que circulaban (y circulan) los automóviles alemanes, tal como se asegura en el libro de Heger: "Es muy probable que los conductores que hoy circulan por las autopistas alemanas no sepan que cada bloque de granita que las bordea está manchado con la sangre de hombres inocentes, de hombres que no hicieron mal a nadie y que sin embargo fueron condenados a pudrirse y reventar en los campos de concentración por el único motivo de tener una religión, una nacionalidad, una opinión política o una preferencia sexual distintas. Cada uno de los pilares de granito que sostienen los viaductos de las autopistas alemanas costó la vida a innumerables víctimas, un mar de sangre y una montaña de cadáveres humanos. Hoy, mucha gente está encantada de que estos hechos se cubran con un velo de silencio y olvido".

No olvidemos que tras la guerra los presos gays que habían estado en los campos fueron considerados por las nuevas autoridades como "criminales", pues la homosexualidad seguía prohibida en las dos Alemanias, y, por tanto, quedaban exentos de recibir ninguna indemnización por los años pasados en el infierno nazi. Tampoco sus familias pudieron reclamar ninguna pensión, pues eran un grupo considerado al margen de los demás. Tan sólo en la década de los sesenta y los sesenta algunos hombres del triángulo rosa se atrevieron a contar sus padecimientos y dar testimonio de su silencio sufrimiento durante décadas. En cualquier caso, demasiado tarde para todos.

Las consecuencias de la persecución

Unos 100.000 homosexuales alemanes fueron detenidos, según diversas fuentes, entre 1933 y 1945, año en que los aliados liberan los campos y ponen fin a la pesadilla nazi. Unos 50.000 de estos detenidos serían enviados por los nazis a centros de reeducación, cárceles comunes y un pequeño grupo que oscilaría entre los 10.000 y los 15.000 pasaría por los campos de la muerte. Algo más de 10.000 morirían en estos recintos del horror y la muerte.

Aparte de estas frías estimaciones estadísticas, la vida gay de los "felices" veinte y principios de los treinta fue apagada para siempre. Numerosos de locales, bares y centros culturales fueron cerrados; decenas de artistas, escritores pintores y músicos emigraron para siempre de Alemania y jamás volverían, y una cultura de la intolerancia hacia los homosexuales se instaló durante décadas en la sociedad alemana. Viejos prejuicios cargados de nuevos envoltorios y fórmulas jurídicas para articular la persecución.

Como hemos dicho antes, encima los que regresaron con vida de los campos de la muerte fueron tratados como delincuentes estigmatizados, "maricas" indignos que no habían luchado por su patria y casi traidores a la causa de Alemania. Esta actitud hacia los escasos supervivientes la explicaba muy acertadamente Heger: "Al principio durante los primeros días posteriores a mi regreso, en el vecindario cuchicheaban y rumoreaban sobre mí, un `marica´ del campo de concentración. Pero como yo llevaba una vida retirada y nunca me vi involucrado en ningún escándalo de homosexuales, me dejaron en paz con mis ocupaciones, si buen nunca nadie se dignó a acercarse a mí en un gesto de compasión. Al principio no me afectaba, pues en esa primera época tras mi regreso no sentía necesidad de hablar con nadie. Luego, sin embargo, ese rechazo hacia mi persona me deprimía y me desconsolaba".

En efecto, estas miles de víctimas recién liberadas no tenían a donde dirigirse, ni a quien exigir compensaciones, que les eran negadas, ni tampoco a quien demandar por lo acaecido. Estas miles de víctimas, a diferencia de los judíos, los presos políticos y los gitanos, no fueron reconocidos hasta apenas hace unos años, cuando desgraciadamente la mayoría de los supervivientes ya habían muerto. Estigmatizados, torturados, asesinados y, además, olvidados, esa es la verdadera historia de los gays que estuvieron en los campos de concentración.

Escaso interés en reconocer el Holocausto gay

En una fecha tan tardía como 1986, después de que el escritor Richard Plant publicase The Pink Triangel (El triángulo rosa), empieza a hablarse en determinados ámbitos del Holocausto padecido por los gays. Pese a todo, los homosexuales no empiezan a ser considerados víctimas de la persecución nazi hasta noviembre del año 2000, en el Gobierno alemán les reconoce oficialmente como perseguidos y les pide disculpas por las deportaciones y las torturas sufridas durante el periodo hitleriano. Un año más tarde, en el 2001, el Gobierno francés, presidido entonces por Lionel Jospin, reconoce por primera vez las persecuciones que sufrieron los homosexuales durante la Segunda Guerra Mundial.

Ese mismo año del reconocimiento francés, los directores de cine Rob Epstein y Jeffrey Friedman rodaron un documental, Paragraph 175, en referencia con el artículo del código penal alemán que permitía encausar a los nazis, en donde entrevistaban a las últimas víctimas vivas del Holocausto gay perpetrado por los nazis. En el documental intervenía Klaus Muller, el encargado de temas homosexuales del Holocaust Memorial Museum de los Estados Unidos, quien aseguraba en el filme: "Crecí en Alemania y nunca oí hablar de la persecución de los homosexuales. Me costó un tiempo darme cuenta de que algunos de ellos podían estar vivos. Muchos de ustedes acaso piensen que es un poco tarde para darles la palabra. Yo creo que su historia es valiosa. Y que es bueno escucharla porque durante toda su vida les dijeron que no la contaran".

Algunos de los testigos entrevistados en la película aseguran que sus peticiones de indemnización al Gobierno alemán fueron rechazadas sistemáticamente y ni siquiera cursada por los funcionarios encargados de atenderlas. Eran, para las autoridades de Berlín, simples "criminales". No fue hasta el año 2002 cuando el Gobierno alemán anuló las sentencias anteriores a 1945 y pidió oficialmente, por segunda vez, disculpas a la comunidad gay por la tardanza en reconocerlas como víctimas del Holocausto nazi.

Los supervivientes que participan en esta película, única en su género, cuentan las torturas y los malos tratos padecidos en los campos de la muerte y en los centros de detención. También revelan la complacencia, el colaboracionismo y el silencio de la sociedad alemana, que prefirió mirar para otro lado antes de enfrentarse valientemente a la barbarie.”.

"El alcalde de la ciudad (al lado del campo de concentración) transmitió a las SS y a la representación local del partido las protestas que recibía de los habitantes del pueblo por la contaminación de su aljibe y exigió que se suspendiera inmediatamente el vertido de sangre al mismo. Los habitantes del pueblo estaban acostumbrados a las brutalidades que los SS practicaban con los presos, pues los habían visto cometerlos con las brigadas que trabajaban en lugares fuera del campo, y sin lugar a dudas también conocían de sobra las torturas que se cometían dentro, pero ver su aljibe teñido de sangre era algo que ya no podían aceptar", agrega Henter en su libro ya reseñado anteriormente.

En cuanto a las reparaciones a los homosexuales, hay que reseñar que la Organización Internacional para las Migraciones, dependiente de las Naciones Unidas, reconoció, en septiembre de 2001, la persecución de que fueron objeto los homosexuales durante el nazismo y el clima de represión que prevaleció tras el Holocausto en relación con esta población. Esta organización decidió comenzar a efectuar pagos a los sobrevivientes de los campos de trabajos forzados o de trabajos en régimen de esclavitud, abriendo para ello una oficina en Ginebra con el fin de repartir algunos fondos en bancos suizos procedentes del régimen nazi o de sus jerarcas huidos tras la guerra.

El comportamiento del Gobierno suizo de entonces, que se negó a dar asilo a numerosos huidos del nazismo y que después abrió la mano con los enriquecidos líderes nazis que huían, fue absolutamente deplorable, por no hablar del de sus bancos, que no dudaron en que miles de millones de marcos robados de forma ilegal a los miles de perseguidos fueran ingresados en sus cuentas. También ocurrió con numerosos bienes y obras de arte robadas por los nazis, vendidas más tarde a instituciones y museos o simplemente depositadas en cajas fuertes de las instituciones financieras suizas.

El Parlamento Europeo, en el marco de las celebraciones por el aniversario del Holocausto en el año 2005, guardó un minuto de silencio recientemente y aprobó esta resolución: "El campo de exterminio de Auschwitz-Bikernau, donde cientos de miles de judíos, gitanos, homosexuales, polacos y otros prisioneros de varias nacionalidades fueron asesinados, no sólo es una buena ocasión para condenar y recordar a los ciudadanos europeos el inmenso horror y la tragedia del Holocausto, pero también para mencionar el inquietante incremento del antisemitismo y especialmente de los incidentes antisemitas en Europa, y para aprender de nuevo la lección sobre los peligros de perseguir a las personas en base a su raza, origen étnico, religión, opinión política u orientación sexual".

Sesenta años después de que las tropas soviéticas y aliadas liberaran los campos de concentración y descubrieran, tras aquellas rejas, el horror y la maquinaría del crimen creada por los nazis, los homosexuales, los grandes olvidados de toda esta historia, eran relativamente reconocidos por poderes públicos y las instituciones europeas. Desgraciadamente, la mayor parte de ellos nunca tuvo conocimiento de este tardío homenaje a sus sufrimientos, pues bien o pereció en los campos de la muerte o murió antes de estos ejercicios de reconocimiento a las víctimas. Tan sólo unas decenas de estos homosexuales que sufrieron tantas penalidades y torturas han podido ver como llegaba el día en que eran públicamente reconocidos por la sociedad alemana y otras instituciones.

Quiero terminar esta breve historia de los homosexuales en los campos de la muerte con una cita del escritor Primo Levi, superviviente y testigo en primera persona del horror nazi, al que cito literalmente: "Los monstruos existen pero son muy pocos como para constituir realmente un peligro; los que son realmente un peligro son los hombres comunes y corrientes".
Ricardo Angoso, Historia 16


Agradecemos a Ricardo Angoso por autorizarnos la reproducción de este artículo


Bibliografía recomendada por el autor:
Heger, Heinz: Los hombres del triángulo rosa. Amaranto, Madrid, 2002.
Hilberg, Raul: La destrucción de los judíos europeos. Akal, Madrid, 2005.
Dwork, Debórah y Jan van Pelt, Robert: Holocausto. Una historia, Algaba Ediciones, Madrid, 2004.
Joffo, Joseph: Las canicas. Debolsillo, Barcelona, 2004.
Kaplan, Robert D.: Fantasmas balcánicos. Acento Editorial, Madrid, 1993.
Kertész, Imre: Sin destino. Narrativa del Alcantarillado, Barcelona, 2001.
Levi Primo:Liquidación. Santillana, Madrid, 2005
Levi, Primo: La tregua. Muchnik Ediciones, Barcelona, 1988.
Machtan, Lothar: El secreto de Hitler. Planeta, Barcelona, 2002.
Rees, Laurence: Auschwitz. Los nazis y la solución final. Crítica, Madrid, 2005.
Santa Puche, Salvador: Libro de testimonios: los Sefardíes y el Holocausto. Sephardi Federation of Palm Beach, Barcelona, 2004.
Tisma, Aleksandar: El Kapo. Narrativa del Alcantarillado, Barcelona, 2002.
Web recomendada: Página del Memorial de los Estados Unidos sobre el Holocausto: http://www.ushmm.org/

Ricardo Angoso examina la persecución sufrida por los homosexuales durante el nazismo y denuncia que los miembros de este colectivo, aparte de ser recluidos por su condición y orientación sexual, fueron doblemente condenados a sufrir un olvido para siempre. Miles de alemanes y austriacos pasarían por los campos de concentración nazis por el simple hecho de ser homosexuales; tras la guerra, al ser criminizalizados por la misma sociedad que un día les encerró, ni siquiera pedirían reclamaciones y el reconocimiento de la persecución que sufrieron. A diferencia de los judíos, los gays y lesbianas alemanes y de los territorios ocupados no fueron reconocidos como víctimas. 

Ricardo Angoso es coordinador general de la ONG Diálogo Europeo y director de la revista Lecturas para el Debate. Es miembro del Consejo Asesor de INFOMEDIO.
25-I-08, infomedio

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