martes, 8 de marzo de 2011

Entrevista a actriz Trans Endry Cardeño por el columnista Gay Felipe Zuleta Lleras



Fotos Raúl Higuera

Por Felipe Zuleta Lleras, especial para Revista SOHO
Endry entró al Café Renault en el parque de la 93 y nuestras miradas se cruzaron. Curioso porque no suelo mirar fijamente a las mujeres a los ojos, pero a ella no hay cómo evitarle lo que los gays llaman el “eye contact”. Es especialmente atractiva y lo sabe perfectamente. Es femenina, sensual y coqueta. Juraría que, excepto por el tono un poco grave de su voz, jamás hubiera pensado que Endry había sido durante su infancia y parte de su adolescencia Hendry Iván: un joven humilde de familia paisa nacido en Cúcuta.

Nunca la había visto porque yo no vivía en Colombia cuando era la famosa Laisa Reyes. Algunos hombres de las mesas cercanas la miraban con morbo y se les sentía la envidia al verme almorzando con semejante hembra, como dicen los machistas. Muchos no se resistieron y se acercaron a saludar.

Es, aparte de bonita, amable, de modales impecables, directa e inteligente. Se le ve la calle cuando de defenderse se trata y, en contraste, la humildad y la ternura le brotan por cada poro cuando habla de su mamá o de los desvalidos. Llora con la tragedia ajena y se endurece con las suyas. Como millones de colombianos, madruga para trabajar duramente. Hoy es estilista, profesión que alterna con la actuación. Más allá de sus tetas o sus preferencias sexuales, es talentosa. ¡Y de verdad sí que lo es! Hoy actúa en Chepe Fortuna y en la obra de teatro A 2.50 la Cuba Libre.

¿Cómo fue su niñez?
La niñez normal de un hijo de una madre soltera en medio de una familia paisa radicada en Cúcuta con muchos primos, muchos tíos y con una mamá que nunca se ganó más de un mínimo.

¿Se acuerda de alguna carencia en especial, que usted dijera a mí me gustaría tener tal o cual cosa?
No, las normales de una persona humilde. De repente se estrenaba solo en diciembre y ya sabíamos que el par de medias de principio de colegio tenían que durar todo el año.

¿Heredaba ropa?
Sí heredaba ropa. A mí me tocó la roja que terminó rosada.

¿Se medía la ropa de las primas?
Seguro que sí, además que si jugaba era con ellas. Pero también tuve mi etapa de niño en las que jugué fútbol en algún momento.

¿Cómo fue esa etapa de niño?
Jugábamos a las escondidas, fusilados, bate y todo. Con todo lo femenina que puedo llegar a ser, a veces soy bastante brusca porque tenía muchos primos. Con mi hermano me llevaba casi dos años y tengo un primo que nació ocho días después que yo. Todos éramos de la misma edad y como éramos un grupo bastante grande nos íbamos al río a pescar y me lo disfruté bastante. Entonces sí tuve esa etapa de niño en la que mi cuento no tenía nada que ver con lo que soy ahora.

¿Hasta cuándo duró eso?
Creo que fue hasta que terminé la primaria, porque todo empezó en la adolescencia. También quiero decirle de mi infancia que me crié al lado de una iglesia y escuchaba todos los días el rosario a través de unos parlantes.

¿Fue monaguillo?
No, monaguillo sí no fui porque me parecía que era como ser la muchacha de servicio del padre y no me parecía chévere. Me parecía más bonito ser del grupo juvenil, estar en el coro y subir al púlpito a leer el salmo responsorial y que la gente me respondiera. En ese momento me sentía muy espiritual, hoy en día entiendo que la Iglesia me brindaba ese público que seguramente como artista iba a tener después.

O sea que sus orígenes como actriz pueden estar en el púlpito…
En el púlpito empezaron definitivamente. Quería cantar y llamar por el micrófono a todos los integrantes del grupo juvenil, en fin.

¿Cómo le fue en el colegio?
Desde el primer colegio que entré todo fue un fracaso porque ya se estaban encontrando todos los demonios. Ya se estaban encontrando la adolescencia más mi sexualidad, más la rebeldía y todo lo que tenía que enfrentar.

Y qué pasó…
Me tocó en el Inem José Eusebio Caro de Cúcuta, que me parece el mejor colegio, pero yo tenía 12 años y no lo supe aprovechar. ahí fue donde me hice más al lado de las niñas, porque los niños se volvían cada vez más agresivos conmigo, y eso hacía más evidente mi rollo. Cuando me di cuenta, perdí el año.

Entonces usted desertó del colegio...
Sí. Sin embargo, hice tres primeros bachilleratos. Mi problema no era no querer estudiar, mi problema era que yo iba a estudiar donde el profesor era enemigo, donde el alumno era enemigo, donde todo el mundo era enemigo, entonces qué mamera.

¿La perseguían, la jodían, la mortificaban?
En el Inem se me hizo la vida imposible porque hicieron una encuesta donde al lado de problemas como carterismo, drogadicción y abuso de menores en la familia, preguntaron si sabían de alguien que tuviera el problema de homosexualismo y parece que gané en esa encuesta porque a la semana me llamaron por altoparlantes a psicorientación. Es que ese era un colegio con una población estudiantil muy grande y hacían ese tipo de encuestas para saber qué pasaba, y ahí me empezaron a llamar y me pusieron la vida de cuadritos.

Y cómo sacó su cartón…
Hubo un momento de mi vida en el que me puse a trabajar en una peluquería en la avenida Cero de Cúcuta, y con lo que ganaba estudiaba en la mañana en el Centro Colombo Británico, y en las tardes trabajaba.

Y qué pasó después…
Terminando ese bachillerato semestralizado tuve la opción o de irme a la fiesta de grado o de irme a un reinado de la provincia de Santa Marta, que era el primer Reinado Nacional del Mar.

Y usted se fue para Santa Marta.
Sí. Fueron tres días vestida de mujer, donde quedé de virreina. Pude ser la reina si hubieran hecho preguntas, pero no las hicieron para favorecer efectivamente a la otra niña. Y me regresé en el bus vestida de mujer. Mi mamá esperaba ingenuamente que yo llegara y me volviera a poner mi ropa de chico, pero cuando me vio salir en minifalda otra vez, me preguntó que qué pasaba, y yo le dije: “A mí no me pregunte nada que usted ya hizo su vida, yo voy a hacer la mía”.

¿Endry siempre ha sido su nombre?
Endry siempre ha sido mi nombre, solo que antes era con H y yo se la volé, y me llamaba Hendry Iván Cardeño. Ahora es sin H y me parece que se oye más femenino.

¿Qué pasó con el Iván?
Lo volé de la cédula, pero me quedé con Endry

¿Y no la discriminan cuando pasa por inmigración con un pasaporte que dice que usted es un hombre?
Siempre me preguntan que por qué me lo dieron, pero es fácil fuera de Colombia porque les digo que eso es normal. Si es acá, los insulto, les digo ignorantes, que lean la Constitución.

¿En qué momento decidió ponerse tetas?
A los 27. Siempre lo quise pero es que toda la vida he odiado los brasieres. En Cúcuta procuro nunca ponerme un brasier a menos que vaya a un lugar donde se vea realmente mal. En Bogotá también trato de usar brasier porque aquí es menos normal ver a la gente sin brasier, entonces me toca ponérmelo.

¿Y cuándo le contó a su mamá que se había hecho las tetas?
Yo le conté eso cuando ya me había operado, antes no, porque ella se iba a preocupar, ella es muy nerviosa y no quería ningún tipo de discusión.

¿En algún momento ha pensado en la operación de cambio de sexo?
No. Me asumo trans. Tengo un cerebro homosexual pero no reniego de mi genitalidad masculina. Me encanta verme como mujer pero no me asumo como mujer.

¿Cómo pegó el brinco a la televisión?
A mí me tocó la lotería, desde que supe que había la posibilidad de un papel. Fue maravillosa la satisfacción, la alegría de poder salir en televisión, además la novela me permitió realizar todos los sueños, porque era actriz, presentadora, cantante, bailarina. Era el sueño de mi vida. Pero realmente fue muy duro, fue traumático desde el primer momento.

¿Por qué?
Porque esperaban a una persona grande de estatura. Cuando llegué al canal fue muy desagradable, las miradas de la gente eran horribles. Yo creo que ya sé qué puede sentir una reina de belleza en este país cuando pisa una pasarela en traje de baño, por ejemplo. Fue horrible, realmente la cara de la gente era de desilusión y como preguntándose “y ahora qué vamos a hacer con esto”.

¿Cómo conquistó al director?
En el casting, pero había otra gente que se fijaba en lo físico. En una reunión me pusieron con una cantidad de gente y empezaron casi a proyectar mi vida. Propusieron a una persona para que me enseñara a comer y allí dije: “Un momentito, yo no soy un animal, yo sé comer”.

Le querían enseñar modales...
Modales y una cantidad de cosas que ellos asumían que no tenía por el simple hecho de ser travesti. Entonces les pedí respeto y el director dijo: “Ella tiene la personalidad y el carácter que yo necesito para el personaje”.

Laisa no es muy lejana a lo que es usted.
No, muy poquito. La diferencia es que ella vive en un cuento de hadas y yo en la vida real. La otra diferencia es que ella se fijó en un hombre casado y yo hasta el momento, de todos los valores que he tumbado en mi escala, no he tumbado el de no salir con un hombre casado. No me interesa.

¿Por qué, no le gustan?
No, mi parte femenina es muy fuerte en ese sentido, entonces mi orgullo no me lo permite. La condición de amante no va conmigo.

¿Cómo fue el episodio de que a usted una vieja la trató de sacar de los lockers de un gimnasio?
Después de mi éxito, la mujer se me acercó, una mujer bastante machorra además, a preguntarme que qué hacía allí, que ese era el baño de mujeres, que respetara y que hiciera el favor de salir de allí. Yo me hacía la tonta, la que no entendía y ella insistía. Entonces asumí una postura muy fuerte y le dije que si no le gustaba que se comprara un gimnasio. Me salí, pero me causó bastante molestia. No creí que eso me pudiera pasar, además que siempre fui muy respetuosa y le explicaba al director del gimnasio que si era por las tazas que no se preocupara porque yo orinaba sentada. Ahora, si era por pudor eso no era lío porque todo el mundo anda semidesnudo en un gimnasio y yo no me la pasaba ni en el sauna o en áreas donde pudiera ver las partes íntimas de nadie. A la señora también le expliqué que en el baño de mujeres era totalmente inofensiva, que era un problema si estuviera en el baño de hombres.

¿Alguna vez ha sentido discriminación?
Sí, en algún momento. A mí me tocó ser víctima de la violencia estatal; de hecho, mi nombre aparece en la Fiscalía en algún tipo de denuncia que algún día tuvimos que hacer para travestis trabajadoras sexuales del barrio Santa Fe donde me tocó ver un hecho de violencia.

Después de Laisa pasó, de alguna manera, del cielo al infierno. ¿Eso le produjo algún resentimiento?
Sí, todo el tiempo. Me sentí explotada, usada, sentí que no era justo, que había trabajado mucho y que merecía más. También lo vi como una forma de discriminación, ya que si bien habíamos vencido tantas barreras, al tener un personaje como el mío o tratar esta temática en una novela en horario triple A, que todo el mundo vio y muchos fueron testigos del cariño grande de la gente. Pero después no había nada para poder justificar mi presencia en televisión y hablo de trabajo. Tuve la oportunidad de deslumbrarme, pero también para aterrizar.

¿Qué hizo con la plata que se ganó?
Lo más importante fue que le compré una casa a mi mamá, creo que todo el país lo sabe porque yo me vanaglorio de eso, ella vive con mi hermano y ya no viven primos, ni tíos, ni nada de eso gracias a Dios. Y el resto de los ahorros me los gasté viviendo, y sigo pagando arriendo.

¿Compró ropa de marca?
Compré ropa que me gustaba independientemente de la marca, tampoco fui estrafalaria. Tuve ropa de marca y por lo menos para mis dos alfombras más importantes me vistió Alfredo Barraza, él no presta vestidos, él los vende. Y cada vestido me costó más de tres millones de pesos.

¿Dónde están esos vestidos?
Están arrugados por allá debajo de la cama vueltos nada.

¿Por qué?
Porque quién se vuelve a poner eso, ya me los vio todo el mundo. No me los puedo volver a poner a menos que me lleven a otro país donde nadie me los haya visto.

¿Qué opina de la adopción?
Yo considero que primero tendríamos que hablar del matrimonio del mismo sexo. Pero si hablamos de adopción, como ejercicio del derecho lo apoyo, más no es una necesidad personal. No me interesa por ahora y no estoy en capacidad de pensar en ello.

¿Usted cree en el matrimonio entre personas del mismo sexo?
Yo en lo que no creo es en mi matrimonio. Yo sí creo en el matrimonio, pero sin tanto simbolismo. Creo en la pareja, en la familia, pero no necesito ponerme un vestido blanco.

¿Le gustan mayores o menores?
Me gustan menores, lo más menores que se pueda. De 18 para abajo no, pero de ahí para arriba los que sean.

¿A usted le da miedo que un muchacho menor la explote?
Yo creo que si alguien me explotara, me explotaría bajo mi propio consentimiento. Nunca, yo no creo que un culicagado de esos tenga la capacidad suficiente para poder explotarme a mí sin que yo me dé cuenta.

¿Ha tenido relaciones largas?
La más larga duró tres años y fue una relación muy sencilla. Yo era una peluquera y él casi un albañil. Cuando él no trabajaba se quedaba en mi casa y de repente podíamos ir a un parque de diversiones de esos que llegan a Cúcuta en diciembre o ir a un paseo de río. No había grandes manifestaciones de amor, pero era una relación de barrio de esas que se ven en las esquinas. Aunque de adolescente fui muy callejera, muy patona; me patié toda Cúcuta.

¿Qué le decía su mamá?
Pobrecita. Sufrió, lloró. Hasta Policía me llegó a echar una vez para que me recogieran si me veían callejeando, pero yo tenía que vivir esas cosas.

¿Tiene novio?
Acabo de salir de una relación de año y medio, pero estoy tranquila.

¿Si yo le digo a usted la frase “sin tetas no hay paraíso”, eso se le aplica a usted?
Hoy día no. Y ya que las tengo me da jartera sacármelas, que vuelvan y me rompan para sacármelas. Realmente me ha ido muy bien con una figura femenina, porque me siento bien, porque me gusta, pero sin el pelo largo y sin las tetas seguiría siendo la misma persona. Pero ya no me importa, creo que me gustaría mucho tener un trabajo en el que mi parte física no tuviera absolutamente nada que ver, que sería muchísimo más cómodo para mí. Pero el talento es menospreciado.

¿La siguen reconociendo en la calle?
Totalmente, sobre todo cuando hablo. Hoy no me miraban donde el odontólogo y tan pronto me oyeron preguntarle algo al doctor todo el mundo volteó a mirarme para decir: “Ah, ella es Laisa”. Con la voz me identifican inmediatamente y me parece fabuloso.

Ahora trabaja como estilista en una peluquería.
Sí, volví a la peluquería. Trabajo que hago desde los 18 años, pero que no pude ejercer cuando viajé a Bogotá al comienzo, pues por ser travesti no podía hacerlo en la peluquería que quería trabajar. Tres años después de la novela decidí volver a esta labor, porque no me llamaban de ninguna otra novela y tenía que trabajar.

¿Le va bien?
Sí, sobrevivo. Realmente los estilistas somos como los artistas en este país, estamos desprotegidos pero se gana bien. Eso ya es una cuestión de organizarse.

¿Y en la peluquería la reconocen?
Hay mucha gente que no sabe quién soy. A veces se dan cuenta, y por ser famosa no puedo darme el lujo de cometer errores. Procuro no mezclar dos facetas de mi vida, la de actriz y la de estilista.

¿Dónde es la peluquería?
Se llama Antonio Peluquería, en la 109 con 15.

¿Qué la hace llorar? Usted es dura, es fuerte y se le ve que es berraca…
Estaba con la boca abierta ahorita blanqueándome los dientes en el odontólogo y estaba pensando otra vez en el cumpleaños de mi mamá, que es el 5 de febrero, y en ese momento se me aguó el ojo. Puedo ver la imagen de Omaira, la de la tragedia de Armero, eso me mata. Y ver ahorita lo de las lluvias y todo eso… hay un momento en que me toca cambiar el canal.





Como actriz, ¿qué papel le gustaría hacer?
Me gustaría interpretar un personaje en el que la parte estética no importe. Donde no me toque pensar en verme bonita, que es donde tanto nos encasillan.

¿Cómo se ve usted en 30 años?
Realmente no sé. Tal vez me veo con mi propia peluquería, para poder desarrollar tranquilamente mi parte artística, para no tener que aceptar cualquier trabajo. Me vislumbro divina y regia. Con una casa como siempre la ha querido mi mamá, una casa muy grande con muchas matas, con mucho verde.

¿Se ve de pelo blanco o teñido?
Yo creo que voy a ser una viejita pelinegra forever. Ni una cana…Ni una cana, no, no, no, no, no.

Y vistiéndose como joven o más…
No, no, no. Quiero envejecer dignamente, claro que sí. Además, cuando las trans llegan a cierta edad, una edad madura, es cuando más parecen una mujer. Me encantaría ser una viejita muy elegante.


TOMADO DE REVISTA SOHO

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1 comentarios :

hey que bacano que nos compartas esta entrevista

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