jueves, 18 de septiembre de 2014

!Sea feliz de una vez por todas! La felicidad no es una meta, es una nueva filosofía de vida

Por siglos, las religiones nos han aplazado la felicidad, nos la han prometido como un premio. Una nueva corriente espiritual invita a ser felices aquí y ahora.



Ahora, mientras lee estas páginas, en este mismo instante, aún con la sensación que le queda en los dedos de voltear la página, usted está muriendo. También la gente que ama. Sí, un poco a cada instante usted, como yo, muere. Lo único seguro en la vida es el inexorable camino hacia la muerte. Esto no lo puede cambiar, es un designio. Pero el cómo vivir y el cómo morir dependen de si usted se llena de culpas y de miedos, o elige y asume ser feliz.

Ser conscientes de la finitud consiste en aceptar que todo lo que comienza, termina. Frente a este principio de realidad, la humanidad ha pasado por todos los estadios: la negación, la exaltación, la sublimación de la muerte… Y estas reacciones han nutrido las religiones y las filosofías.

Sin embargo, frente a la pregunta acerca de la felicidad, las nuevas corrientes de pensamiento están planteando un nuevo orden, más alineado con la plenitud de la existencia, en concordancia con una espiritualidad laica que rompe los viejos modelos judeocristianos de “sufrir para merecer”. Valores trascendentales como “un más allá”, “un después”, la “otra vida”, valores sociales como patria, raza, empresa, revolución, han sido cambiados por otros que tengan que ver más con el desarrollo espiritual personal, en comunión con la naturaleza de la que el hombre hace parte. El principio encarna, además, la consigna de no seguir pecando contra la tierra para ser salvado en el cielo.

Todo este movimiento neo-nietzscheano, también llamado gestáltico, busca una reivindicación del aquí y el ahora, e invita a la plenitud del momento, a la elección de la felicidad como modelo de salvación.

Eso es lo que hay

El momento más importante de nuestra vida lo estamos viviendo ya, aquí, ahora mismo. La gente más importante es la que nos acompaña ahora, es con la que hacemos hoy nuestra vida. Lo demás no existe. El pasado ya no es y el futuro no ha surgido. Ser feliz ya es dejar de cargar los compromisos y los miles de actos superfluos sin sentido. Ser feliz hoy es despertar a lo profundo como una verdad en sí misma, es no seguir permitiendo que nos vampiricen nuestra energía con paraísos prometidos, infiernos amenazantes, miedos y culpas. Ser feliz ya es sacudirnos de los sutiles yugos del estatus, de los “deberías”, de la perfección, hasta de los modelos filantrópicos que imploran ser “gente buena”, para, a cambio y de una vez por todas, aceptar nuestra verdadera humanidad con todo y su sombra.

Ser feliz hoy es dejar de quedarnos sumisos en nuestros puestos de trabajo mientras la vida se nos pasa, convencidos de que el premio a nuestra obediencia nos llegará cuando ya sea demasiado tarde; es dejar de postergar la ilusión y dejar también de alimentar las frustraciones en los centros comerciales, aspirando a comprar algún día el traje que queremos; es no dejar escapar nunca más la eternidad, el momento mismo en el presente.

La felicidad no es una meta, es una nueva filosofía de vida. Es amar el mundo como es, con todas nuestras fuerzas, es aceptar la vida con todo, y abrazarla sabiendo que no es un programa para redimir millas ni puntos por vajillas. La vida no es una caja de compensación para mendigar tiempo. La felicidad es la actitud despierta y decidida de vivir más allá del miedo, la culpa y de nuestras vergüenzas y condicionamientos de infancia. Es despertar a Dionisio y abrir los ojos a la vida, para reconocer en cada momento una revelación, un sendero con corazón, como camino de vida.

Deje el control

El dinero y los bienes materiales esencialmente no cambian nada en una persona, pero le ayudan a sobrellevar su miseria interior. Freud habló de los famosos sueños diurnos, esos famosos castillos en el aire que hacemos a través de la imaginación como mecanismo compensatorio para encubrir la frustración de la vida. Frente a la miseria y la exigencia del presente, huimos desesperadamente hacia el pasado o hacia el futuro y rellenamos la vida de bienes para tapar el vacío de la vida misma y paliar los desengaños del presente. La felicidad no puede desplazarse hacia el futuro disfrazada de esperanza o ilusión, ni ser un hallazgo arqueológico de la nostalgia por un pasado que nunca volverá.

La felicidad es ahora, es viva y orgánica, y es distinta del deseo y de su ciclo de satisfacción, olvido y reprogramación. Saber vivir es dejar de controlar el mundo, es reconocer la felicidad en cada instante de libertad. Dejar el control es dejar de querer cambiar a las personas; es abrazarlas y aceptarlas y disfrutarlas sin esperar nada, absolutamente nada.

¡Desafíe sus apegos!

La felicidad suele extraviarse entre los apegos. Presas fáciles del tedio, amansados y dependientes de los lugares o de las personas, cambiamos nuestra felicidad por seguridad, por continuidad y rutina. Reacios a cambiar y a transformarnos en pareja, preferimos la comodidad de las relaciones marchitas.

¡Desafiemos nuestros apegos! Enfoquémonos en el espíritu de las cosas y no solo en el lugar espacial que ocupan en nuestra vida. Los vegetales se mueren de muerte natural en la nevera. Arrugados, disecados y carentes de espíritu, no tienen nada que nos pueda nutrir. De igual manera aguantamos relaciones que ya no aportan, parejas que no caminan, amigos que no crecen, hermanos que no trascienden, recuerdos y basura mental y emocional en cantidades; chatarra y rutinas con personas sin alma, encuentros llenos de desencuentros y miles de cosas que hemos cargado por años y que nos reducen a una hoja de vida, una rutina y una declaración de renta.

¿Puede el espíritu mismo de la vida ser atado a esos lastres? ¿Puede alguien ser feliz sin cuestionar sus apegos? No nos mintamos más. Hay una verdad interior que no es posible desoír.

Si retamos los apegos tendremos que volver a empezar y perderemos los privilegios del corral, de la jaula de cristal. Es muy posible que nos descalifiquen, que nos crucifiquen. Pero quien reta su historia y sus excusas se conecta de nuevo con lo profundo, con el sentido de la vida, con la libertad y con el espíritu. Solo así es posible vivir sin burladero, sin reserva, con el descaro de quien lo entrega todo mientras danza con la vida.

Presas fáciles del tedio, amansados y dependientes de los lugares o de las personas, hemos preferido seguridad a felicidad.


Tomado de http://www.cromos.com.co

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