El propósito que nadie nos enseñó
“Ser uno mismo en un mundo que constantemente intenta que seas otra cosa es el mayor logro”. Ralph Waldo Emerson
Por: Carlos Bueno y Marino Muñoz Hernández*.
Ahora que empieza el año y nos da por comenzar cosas nuevas, solemos plantearnos diversos propósitos que van desde lo más superficial hasta lo más profundo, siendo todos igualmente válidos. No se trata aquí de ensalzar ni rechazar ninguno de ellos. Sin embargo, hay un propósito que podría incluirlos a todos o, al menos, tener la capacidad de convertirlos en una experiencia consciente, incluso en un juego.
Ese propósito nos ronda desde hace algunos años como un tic tac interno, especialmente desde que comprendimos que los demás no pueden llenar ese vacío que todos, en algún momento, experimentamos. Esa desilusión aparece cuando alcanzamos los “otros” propósitos y surge inevitablemente la pregunta: ¿y ahora qué?
Ese propósito que engloba a los demás podría describirse de muchas maneras, aunque quizá ninguna alcance a expresar algo que es, a la vez, profundamente personal y paradójicamente universal. Hay algo que nos duele a todos; algo que a veces creemos recordar, pero que el mundo se encarga rápidamente de que olvidemos. Algo que sabemos que existe, pero que se nos escapa de las manos como arena en medio de un vasto océano. Algo que parece que perdimos al venir aquí y que luego buscamos en cosas, personas o situaciones externas, sin darnos cuenta de que eso que anhelamos solo puede encontrarse en un lugar.
Por eso nos gustaría ir un poco más allá de lo que solemos encontrar en los libros de autoayuda —a los que no criticamos y a los que nosotros mismos hemos recurrido— y plantear una pregunta con total honestidad:
¿no sientes que hay algo en esta experiencia humana que no termina de funcionar?
¿No sientes que este mundo, tal como es, a veces carece de sentido?

Y vamos aún más lejos: ¿Qué clase de juego es este al que accedimos sabiendo de antemano cuál es el final?
Este es un camino que muchos ya han recorrido. Por eso los llamamos maestros y maestras: porque comprendieron que existe un propósito que no pide nada a cambio, que no exige sacrificio y que, sin embargo, lo devuelve todo. Un propósito que trasciende el mundo y la experiencia mundana, y que permite comprender la vida humana desde un lugar más amplio que el propio ser humano. Desde ese lugar en el que ya no hay búsqueda, en el que recordamos quiénes somos y entendemos que no tenemos que hacer nada, porque ya lo somos todo.
Ese es nuestro propósito para este nuevo año: seguir profundizando en nuestra práctica para comprender aquello que nuestra humanidad se empeña en no entender; dejarnos atravesar por eso que olvidamos ser, pero que los pequeños milagros cotidianos nos recuerdan que seguimos siendo. Y es que, aunque el ego intenta demostrar lo contrario, seguimos siendo Hijos del Amor, un estado capaz de trascenderlo todo, de purificarlo todo, viéndolo, sintiéndolo, sanándolo y amándolo.
Por otro lado, la culminación de un año —como cualquier cierre de ciclos— se presenta como una gran oportunidad para evaluar el camino recorrido y los aprendizajes que deja, pero también para ser consecuentes con los propósitos que deseamos cumplir en la nueva etapa. Podemos llamarlos sueños, anhelos o deseos; lo verdaderamente importante es la intención que depositamos en ellos y la disposición a trazar un plan de acción que permita darles vida.
Nuestra vida se despliega en diferentes áreas: relaciones (familia, amigos, pareja), espiritualidad, salud, finanzas, desarrollo personal, estudios, trabajo, recreación, servicio, entre otras. Tener claridad sobre aquello que se anhela potenciar o transformar genera bienestar, equilibrio y nos permite vislumbrar el camino a transitar. La rueda de la vida es una poderosa herramienta de coaching que facilita una observación integral —personal y profesional— de estas áreas, profundizando especialmente en aquellas que demandan mayor atención.
Este proceso requiere compromiso, disciplina y una buena dosis de amor propio para reconocer talentos, capacidades y posibilidades de cambio. A través de esta técnica se evalúa cada área otorgándole una puntuación, lo que invita a un análisis honesto que sirve como base para elaborar un plan de acción y su correspondiente seguimiento.
Tal vez el verdadero propósito no sea encajar ni cumplir expectativas ajenas, ni demostrar nada a nadie. Tal vez la pregunta no sea solo si estamos viviendo con propósito, sino desde dónde lo estamos haciendo: ¿desde el miedo o desde el amor? ¿desde las apariencias o desde la autenticidad?
Quizá este nuevo ciclo no se trate solo de proponernos más metas, sino de soltar aquello que nos pesa: los mandatos heredados, las culpas impuestas, las creencias limitantes y los miedos aprendidos. Porque no hay propósito posible cuando se vive fragmentado o a medias.
Cuando confiamos en las decisiones que nos invitan a cambiar de sendero y nos permitimos dar un salto de fe y confianza en la vida, asumimos riesgos y dejamos la zona de confort para vivir más alineados con nuestros sueños y con la misión que vinimos a cumplir en este plano de conciencia.
Andar más ligeros de equipaje implica atrevernos a soltar lo que ya no nos pertenece, vivir con menos máscaras y con más verdad. Tal vez ahí —y solo ahí— comienza una vida con más sentido, amor y una libertad real.
Sin más, querido lector o lectora, que este 2026 nos traiga claridad y dirección en nuestros propósitos y la valentía necesaria para ser honestos con nosotros mismos.
Nuestros mejores deseos para el 2026.
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Carlos Bueno
Autor del libro “Ligeros de Equipaje” coach de vida, comunicador social, especialista en gerencia social, certificación en mindfulness, podcaster, facilitador de talleres de bienestar.
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*Para escribir esta reflexión he invitado a Marino Muñoz Hernández, artista multidisciplinar en las artes escénicas, instructor de yoga y maestro de Un Curso de Milagro. Instagram: @yogaconmarino y @uncursodemilagrosconmarino